13 de Junio 2004

Folo, Centauros y yo

Yo... Sagitario... Centauro... Monstruo... compartiendo cualidades y defectos.

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De la terrible unión de una nube transformada en mujer (Nefele) y un hombre que no conocía respeto (Ixión), nació un monstruo: Centauro, ser mitad humano, mitad animal.
Los Centauros son los monstruos que más comparten la vida de los hombres. La razón reside en el hecho de que los antiguos apreciaban al caballo. Era, entre las especies animales, el símbolo de la fuerza física y la osadía. Tener “espíritu de caballo” significaba ser impetuoso, valiente y sincero.
Las leyendas han presentado a los centauros como seres dotados, en general, de buena índole; salvajes pero casi siempre bien intencionados.
Sin duda, en el mito del origen de la especie de los Centauros está presente un mensaje humano y moral. De manera general, ese mito simboliza la convergencia de la animalidad y la racionalidad en el ser humano. El monstruo mitad caballo y mitad hombre lleva en sí lo irracional y lo racional: la naturaleza en su estado bestial, pero también la razón y la consciencia. Esa clara configuración se presenta en la propia configuración física del Centauro: la cabeza -aspecto racional, sede del pensamiento- es de hombre, al igual que el torso (“el corazón”), pero el resto del cuerpo, bajo la cintura -sede de los deseos, de los impulsos- es de caballo.
En ellos están presentes y bien marcadas la fuerza y la violencia, pero también la sabiduría, equilibrio y afición al conocimiento.

Los Centauros se convirtieron en seres horribles, violentos, crueles, buscando siempre la embriaguez, etc.. pero hay un Centauro distinto a los demás... Folo es su nombre. Es un justo. Su cuerpo de caballo tiene la osadía de un caballo. Y su cerebro de hombre piensa como un hombre. Folo es distinto a los otros Centauros. Yo...también.
Un día llegó a su caverna el famoso Hércules. El héroe había atravesado toda la región de Faloa, cansado y hambriento. Cuando encontró la caverna hospitalaria de Folo se sintió aliviado.
Al verlo, Folo se puso también contento porque le admiraba, no sólo por su fuerza y valor, sino sobre todo por su capacidad para actuar con justicia.
Sonriendo, en un sincero gesto de amistad, el generoso Centauro abre las puertas de su morada y la ofrece al ilustre visitante.
Conversan durante horas. En mitad de la noche, al sentir hambre, el centauro toma un vaso de leche y se lo ofrece al héroe. Pero Hércules lo rechaza: prefiere vino.
Siempre con delicadeza, el monstruo explica a su amigo los peligros que ambos correrían si él abriese sus órdenes: los Centauros, al sentir el aroma del vino, vendrían en legiones. Y una vez embriagados, serían capaces de cualquier crueldad. Folo le cuenta entonces la terrible guerra ocurrida entre los Lapitas y los Centauros, llena de tragedia, vino, etc. Pero aún así Hércules quiere apagar su sed con vino.
Folo desiste de su argumentación. Apenado por el héroe que tanto admira, le sirve el líquido fatal. Hércules bebe, aliviado. Después se duerme.

Mientras tanto, el aroma delicioso se expande por el bosque, como una invitación: en la caverna de Folo hay vino.
La legión feroz se une y empieza su marcha, los ojos alarmadamente abiertos: tienen un objetivo común -la embriaguez- y nada podrá detenerlos.
Los Centauros saben que la embriaguez los enloquece, pero tal vez buscan la propia locura.
En su caverna, Folo vela. Arrepentido de su gesto de excesiva generosidad, adivina las consecuencias terribles.
Hércules continúa durmiendo el sueño más pesado y sereno de su vida, inconsciente del peligro que le aguarda al bondadoso Folo y a él mismo, ambos obstáculo para los Centauros.
Folo despierta al héroe que se lamenta porque no quería luchar más en su camino, pero no le queda otra alternativa. Folo fue gentil y, en verdad, está ahora pagando el precio de su bondad.
Hércules tiene que defender a su amigo de la masacre que se anuncia.
Los Centauros llegan y empieza la lucha. Hércules vence, acaba con la vida de numerosos centauros y el resto sale huyendo. Pocos han sobrevivido.
Folo mira los cadáveres de sus hermanos y siente pena. Al fin y al cabo, son sus semejantes. Tienen el mismo rostro de hombre, el mismo cuerpo de caballo, la misma trágica dualidad.
Uno a uno, los carga en silencio y los entierra. Después, al igual que Nefele –la abuela de la terrible estirpe- los perdona, pues comprende que para los centauros la locura sería eterna. Y la locura es triste.
En el camino de regreso a la caverna, Folo medita sobre la valentía de su amigo Hércules. De repente, estalla en su cerebro la curiosidad que le resultará fatal: ¿cómo con un arma tan pequeña como una flecha, el héroe consiguió terminar con aquella furiosa multitud?.
Movido por la curiosidad, Folo arranca una saeta del cuerpo de un compañero muerto y la examina. El arma resbala. Cae sobre el pie del infeliz centauro bueno. Y le penetra la carne, instilando veneno en todo su cuerpo.
Minutos después, Folo cae muerto, junto a otros de su raza. Ahora la semejanza es completa, pues lo que lo hacía diferente de los otros Centauros era su espíritu, y éste ya no está allí.

Hércules coloca en un frasco algunas gotas del antídoto contra el veneno de las saetas y va en busca de su amigo. No puede creer que Folo se haya ido para siempre.
La imagen del Centauro bueno no abandona su mente. Y el arrepentimiento de haber insistido en beber le lastima el corazón. Sabe que, de no haberle vuelto a pedir vino, jamás se habría destruido la tranquilidad de la caverna de Folo. Ni su vida.
En el espacio sombrío resuenan algunos gemidos. De los Centauros todavía moribundos. De las gargantas voraces de los lobos solitarios y hambrientos.
Hércules cruza el bosque. Por fin llega al lugar que busca. La madrugada todavía no se ha diluido, y en la oscuridad el héroe no consigue distinguir a su amigo entre los monstruos tirados en el sueño.
Cuando rompe la mañana, el Sol ilumina a vivos y muertos, y encuentra a Folo: una expresión serena cubre el rostro del Centauro.
Piadosamente, carga el cadáver hasta la caverna y lo entierra al pie de un monte que más tarde recibirá el nombre de Folo.
Después, llorando, llama al pueblo de la región y exige que todos participen de las honras fúnebres de su amigo.
Se reúnen multitudes que, en silencio, rodean el sepulcro de piedras.
Hércules cierra los ojos y una vez más deja correr sus lagrimas. Jamás olvidará a aquel centauro que lo trató con más humanidad que otros muchos humanos.

Escrito por nitt | 13 de Junio 2004 a las 07:04 PM
Comentarios

Me encantan las historias. Y más como las cuentas.

Hoy he batido mi record de tiempo. He descubierto tu post a los 9 segundos de publicar.

Un beso

Huella dejada por sola a las 13 de Junio 2004 a las 07:13 PM

¿Lo has escrito tu? De ser asi, me inclino ante tanta genialidad.

De no haber sido tu, me complace que busques temas "diferentes". Todavia debo releermelo para intentar buscar un doble sentido entre lineas (no puedo evitar intentar comprender al escritor/a, siempre dejamos leves huellas de vivencias personales:) )

Huella dejada por Träne19 a las 13 de Junio 2004 a las 09:11 PM

jajaja te vas a llevar una decepción, jooo
En realidad ha sido una mezcla entre un libro de los miles que tiene mi padre y "yo y mi absoluta incapacidad para escribir". Normalmente suelo poner en cursiva lo que no es mío, pero ésto al ser una mezcla constante...era bastante incómodo.

Y sí, busca entre líneas xq hay miles de cosas que encontrar. Todo lo escrito en este blog tiene relación conmigo y también doble sentido... ;)

Gracias Sola, pero ya ves... ésta vez no ha sido una historia mía al cmpleto. Sorry

Huella dejada por heartsbreaking a las 13 de Junio 2004 a las 09:28 PM

Bueno, dar cuerpo a algo de lo que tienes algunas (muchas... pocas) frases tambien es un arte ;).

Referente a buscar doble sentido... puede llegar a ser un mundo. Por eso me limito a buscar guias basicas (si lees cosas mias, te daras cuenta que estoy obsesionado con la fidelidad, las traiciones y la humanidad de mis personajes :) )

Huella dejada por Träne a las 13 de Junio 2004 a las 10:06 PM
Si quieres decir algo:









¿Te recuerdo?